junio 26, 2010

Irene Adler

Tengo miedo a sonar como una mala tarjeta de felicitación. Es lo malo de volver de una larga hibernación.

Siento el cerebro algo entumecido, poco dispuesto a la tarea de juntar pensamientos y formar ideas coherentes con algo de intención. Y eso que ultimamente leo mas que nunca. Hace nada me he terminado "El Club Dumas" de Reverte. No es un libro que me haya entusiasmado, pero hay un personaje que me gusto especialmente y que entiendo que ha dejado algo de huella en mi. Este personaje es a modo de la isla de Lost, ¿el diablo?, ¿un angel caido?, ¿un fantasma...? o simplemente ¿una mujer?

Este personaje misterioso y pintado con preguntas en vez de respuestas es la antitesis del resto de personajes, intensamente estereotipados. El personaje principal, Corso; es descrito de forma que encaja perfectamente en el estereotipo de hombre destruido. Falto de fe pero seguro de si mismo. Lleno de un cinismo pacientemente cultivado gracias a años de encierro en si mismo. Resuelto pero sin rumbo.
Corso vive encerrado en el mundo de la literatura y de los referentes historicos, percibe una realidad deformada por su excesiva cultura literaria. En cierto modo es un Don Quijote de nuestros tiempos, necesitado de la épica de la literatura. Nudo y desenlace. Esta descripción cuadra con lo que entendemos por un protagonista con gancho. En mi caso, nada mas lejos de la realidad. Desde el primer momento me distancie de el, no le encontre interes y por poco abandoné el libro. Sin embargo, fue cuando Irene Adler apareció cuando supe que me terminaria el libro. Si, Irene Adler. No, no me he equivocado. Si tienes la suerte de haber leido "Escandalo en Bohemia" ya tienes alguna clave sobre "ella". Y si, Reverte tiene mucho morro, eso ya lo sabemos todos.

Este personaje entra de tapadillo en la historia. Sin hacer mucho ruido y casi a la mitad de la novela. Parece distante, como si viviese en otro lugar u otro tiempo. Tiene el don de la palabra, pero solo lo usa cuando quiere. No dice lo que quiere, hace lo que tiene que hacer para conseguirlo. Su belleza es natural, carece de artificios. Pero todo esto no la convierte en un personaje especial por si mismo. Es el espacio entremedias que ella crea lo que la torna especial. Las preguntas que plantea a Corso, las contadas certezas, un empujon en el momento adecuado; todo va transformando a nuestro protagonista sin que el se de cuenta y lo mejor de todo, sin que tu te des cuenta. Casi sin ser consciente llegas al ultimo capitulo y te das cuenta de golpe que tu protagonista no es quien creias que era, que ese personaje estereotipado y maltratado por su existencia se ha convertido en humano y parece dispuesto a mirar hacia delante, quiza por primera vez.

Y todo esto por el espacio entremedias como canta Dave Matthews. Un espacio que debe su existencia a la sutil sabiduria que en menor o mayor medida diferencia a una chica de una mujer.